El pasado domingo 23 de agosto, Luis Garicano, a la sazón Coordinador del Programa Económico de C’s, publicaba en El País un artículo titulado “¿Se puede desmontar el capitalismo de amiguetes?”.

La primera vez que leí esa expresión fue en un artículo de Chomsky, es la forma que tenía la izquierda norteamericana de referirse a la forma de gestionar la política económica de los Bush. Ésta era definida como “keinesianismo de guerra”, pues estaba dirigida por un núcleo duro de financieros con fuertes vínculos personales y familiares y basado en una política de gasto y deuda públicas alentada por las intervenciones militares globales, el llamado, “Nuevo Orden Mundial”, surgido del “Fin de la Historia” proclamado tras la derrota de la URSS y con ella, supuestamente, de toda esperanza de trasformación social en el Planeta.

Garicano usa esa expresión para referirse a la vieja clase dominante española: una burguesía rentista, especuladora y que vive de las concesiones del Estado, que controla la burocracia estatal y que se salta, vía clientelismo, parentelismo o amiguismo, las reglamentaciones que para quienes no tienen “apellido” son infranqueables.

El error de análisis de Garicano es crucial, pues en USA el “capitalismo de amiguetes” es un fenómeno unido a una “Administración” (la de los Bush), que cuando los demócratas ocupan la Presidencia se disuelve, no constituye más que una parte de la clase dirigente, y por tanto es coyuntural; en España es estructural, la clase dominante española viene acumulando capital desde el principio del franquismo, o en ocasiones desde el final de las guerras carlistas (como la familia March o la Rato), por no hablar de los Grandes de España. Si Garicano piensa que las recetas que a Obama le sirvieron para desactivar el “capitalismo de amiguetes”, van a servir aquí para implantar un capitalismo productivo, moderno y liberal, lo lleva claro. Porque eso es lo que, técnicamente, se llama “una revolución”.

Garicano plantea tres medidas generales: convertir a la CNCM en un “organismo auténticamente capaz de velar por la competencia efectiva en los mercados y de evitar el abuso de las posiciones dominantes”; la creación de unidades especializadas que controlen no sólo la legalidad del uso de los fondos públicos sino también su eficacia y sensatez económica”; y un mecanismo político que obligue a esas Autoridades Administrativas Independientes a rendir cuentas de su actuación pública y regularmente”.

Pero claro, dice que nada de esto será posible si los partidos de gobierno persisten en su actitud de “ocupar con sus amigos y aliados todos los cargos independientes”, tendencia que se agrava con las mayorías absolutas.

Cuando ya parecía que iba a proponer una reforma de la Ley Electoral que avanzase hacia la proporcionalidad pura … se descuelga con un alegato moral, demandando “un cambio radical de valores y actitudes en nuestras clases dirigentes y en nuestra opinión pública”. Bueno, Garicano debería reconocer que “nuestras clases dirigentes” ya ha sufrido un radicalísimo cambio de actitud: ya no llama a los militares para que erradiquen de España a sindicalistas y políticos de izquierda. Va a ser difícil que, tras semejante hercúleo esfuerzo, ahora asuman que deben trabajar para dirigir el país porque si no, no hay riqueza nacional de la que apropiarse. Dejar de ser una simple clase dominante para pasar a ser una clase dirigente.

Por eso digo que la propuesta de Garicano sólo tiene sentido en un contexto revolucionario, él es muy liberal, dice que “la libre empresa y la iniciativa privada son los pilares de la riqueza de las naciones y del bienestar de los ciudadanos.” Claro, ese era el discurso de los revolucionarios liberales durante los siglos XVIII y XIX, pero es que en España esa revolución fracasó. La clase dominante española (no dirigente, pues como decimos no dirige nada, solo digiere la riqueza nacional), “el capitalismo de amiguetes” que dice el economista de C’s, se parece más a la vieja nobleza rentista cuya cabeza rodó en Francia en 1789 que no a la burguesía dirigente norteamericana actual.

Pero tal vez sea un poco tarde para hacer una revolución liberal ahora. O tal vez no, pero para eso lo mejor sería que C’s y Podemos se pusiesen de acuerdo. Visto lo visto, tienen mucho más en común de lo que parece.

Rafel Fleta

Licenciado en Historia y Secretario General de Estado Aragonés.